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viernes, 27 de septiembre de 2013

Descifrando "El Principito"

Normalmente recordamos aquellos libros que nos han gustado. Les tenemos especial cariño porque cambiaron nuestra manera de ver las cosas, nos hicieron reír y nos ayudaron a crecer. Yo también recuerdo esos libros, pero en mi mente prevalece aquél que hasta el día de hoy no he entendido: El Principito de Antoine Saint-Exupéry.

Recuerdo el día en que me mandaron comprar este libro. A mí no me sonaba de nada, y con apenas 11 años, no me apetecía nada leerlo. Puede que fuese por eso o porque tuve que leérmelo en versión original, pero el caso es que no me gustó nada. De hecho creo que llegué a despreciarlo ya que, a diferencia de otras obras de la misma época, no lo conservo. Con los años me olvidé de él y sólo lo recordaba cuando mencionaban algunos de los pasajes del famoso libro, o citaban al autor. Sin embargo siempre estuvo ahí, y en innumerables ocasiones tuve que estudiar o comentar algún que otro pasaje.

La narración comienza en primera persona, cuando el narrador recuerda su infancia y sus primeros dibujos. Más tarde recordará cómo, hace seis años, después de un accidente aéreo, acabó en el desierto del Sahara. Ahí empieza el verdadero relato, ya que el narrador se encuentra con el Principito. Este venía de otro planeta y acabó solo en la tierra. A lo largo del libro ambos personajes intercambian opiniones, recuerdos y vivencias, y aprenden uno del otro. El Principito es un personaje singular que aunque nos recuerda a un niño posee ciertos conocimientos del mundo.


“Je n´ai alors rien su comprendre! J´aurais dû la jugar sur les actes et non sur les mots. Elle m´embaumait et m´éclairait. J´en aurais jamais dû m´enfuir! J´aurais dû deviner sa tendresse derrière ses pauvres ruses. Les fleurs sont si contradictoires! Mais j´étais trop jeune pour savoir l´aimer.”
“¡En aquel entonces no supe comprender nada! Debería haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Ella me perfumaba y me iluminaba. ¡Jamás debí haber huido! Debí adivinar su ternura, tras sus pobres mañas. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.”


El Principito cuestiona el entorno en el que vive pero al mismo tiempo aprende de él. No lo conoce lo suficiente y por eso siempre se sorprende y mejora. Desde mi punto de vista el autor está presente en ambos individuos, tanto en el narrador como en el Principito. Creo que el narrador encarna al autor en el momento en el que recuerda lo vivido, momento en el que se convierte en escritor y se dispone a crear. Por otro lado, el Principito encarna esa vida. Cuando este habla de sus errores y de lo que aprendió, creo que de forma indirecta el autor nos cuenta sus logros y fracasos. Por ello, resulta confuso tener siempre dos puntos de vista cuando en el fondo se trata de la misma persona.


Esta obra tiene el espíritu de un cuento, te muestra, te enseña, y te deja un recuerdo permanente. Podemos encontrar una moraleja al final de cada capítulo, puede que incluso después de cada afirmación del Principito. Sin duda alguna se trata de una obra compleja, no lo suficientemente valorada, que relaciona vivencias de una persona, con las que podríamos tener cualquiera de nosotros. No se trata de dejarse llevar, sino de apreciar lo que te están diciendo. Por ello, os reto a leerla o, como en mí caso, a re-descubrirla, y puede que algún día deje de sorprenderme y la entienda finalmente.

Descifrando un clásico, Maialen Aparicio Fernández.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Historias

¿Por qué leo? ¿Qué tienen los libros que no tengan los otros hobbies? ¿De verdad merece la pena leer tanto o es mejor esperar a que salga la película? Son preguntas a las cuales todo lector tiene que enfrentarse en su vida, no porque él se lo plantee, sino porque hoy en día parece imposible que haya alguien con tal amor por los libros. Parece que la lectura es un hobby secundario, algo que puedes hacer cuando no tienes conexión a Internet o no dan nada interesante en la tele.


Supongo que desde niño me ha encantado leer. Empecé en esto de la palabra escrita de muy pequeño, con esos cuentos que todos conocemos: casas de chocolate, conejos con reloj, espejos mágicos, princesas hechizadas, brujas, dragones, sirenas, piratas… Historias que rozaban lo imposible, pero que me hacían soñar e imaginar. Historias que engullía furtivamente, como si cada una fuese la última. Historias adictivas que no saciaban mi sed y me llevaban a buscar más.

Parece ser que nunca tuve suficiente. Mi estantería está repleta de títulos inolvidables que marcaron mi infancia y adolescencia. Libros de fantasía juvenil como Las Crónicas de Prydain, El Maleficio, La Guerra de las Brujas, El Mar de los Trolls, Runas… Además de las archiconocidas sagas de Harry Potter y Narnia, que, aunque a mi modo de ver son bastante menos originales que los títulos que he mencionado antes, hay que reconocer que han sabido convertir a una generación de niños en lectores.

Conforme uno crece se amplían sus horizontes, sus intereses, digamos, se refinan. Los míos tiran hacia una fantasía un poco más adulta y, cómo no, la Historia, tanto ficción histórica como biografías de personajes que admiro. Pensaréis que qué interés tiene leer novelas históricas si ya sabes cómo es el final. La verdad es que eso es lo de menos, lo importante es dejarte llevar, que las palabras del escritor te transporten a una época distinta. Es cierto, al final de la historia a Julio César siempre lo cosen a puñaladas en el Senado, los alemanes pierden las dos Guerras Mundiales, y a Ana Bolena siempre la decapitan pero no importa, lo importante no es tanto el “qué” sino el “cómo”. Una novela bien escrita puede hacerte olvidar que ya te sabes el final.


Estos son solo algunos de mis tesoros.
CC Atribution 3.0



Con un libro puedes reír, llorar, suspirar de alivio, gruñir de frustración… Es sorprendente cómo un poco de papel y tinta son capaces de llevarnos a mundos que, de otra manera, seríamos incapaces de visitar.


Yo leo porque me apasiona y me entretiene, porque después de tantos años, aún hay huecos en mi estantería (la de mi cuarto y la de dentro) para rellenarlos con historias. Y porque tal vez así, buscando historias, algún día seré capaz de contar las mías.